Perfil Psicologico del terrorista

cropped-ojo-seguridad-biometrica.jpg¿Qué puede llevar a una persona a atacar sin piedad a otra que está totalmente indefensa? ¿Qué perfil psicológico tiene un agresor de este tipo? ¿Es necesario padecer algún tipo de trastorno mental para llevar a cabo semejantes atrocidades? Estas son algunas de las preguntas que uno se plantea ante sucesos como los que tuvieron lugar el pasado viernes en París y a las que intentamos dar respuesta en las siguientes líneas.

Según Leopoldo Ortega-Monasterio, psiquiatra, profesor universitario y presidente de la Sociedad Española de Psiquiatría Forense, “no necesariamente existe un trastorno mental propiamente dicho” en las personas que comenten estas atrocidades, “tal como los contemplamos desde las clasificaciones de la psiquiatría clínica”. “En principio son personas imputables en el sentido de que conocen el alcance de sus actos y poseen capacidad para regir su voluntad. Se trata de una patología política o social, pero no propiamente psiquiátrica si entendemos que la psiquiatría es una rama de la medicina”, esgrime.

No necesariamente existe un trastorno mental en las personas que cometen estas atrocidades

“Desde ambientes sociales y educativos muy fanatizados se inoculan rígidas creencias que exaltan la autovaloración individual y grupal, y llegan a hacerse irreductibles ante la argumentación lógica. Son actitudes desadaptativas para el sujeto, pero que subjetivamente satisfacen unos principios dogmáticos desde los que el individuo otorga un sentido satisfactorio a su existencia, y estas actitudes son muy difíciles de erradicar”, añade.

Para Ortega-Monasterio, las dificultades de adaptación social pueden jugar un rol favorecedor de estos actos desafiantes que alcanzan niveles exorbitantes de crueldad. Asegura que en la historia de la humanidad “es fácil encontrar antecedentes de planteamientos dogmáticos que desde fanatismos religiosos o políticos han llegado a extremos que hoy nos parecen aberrantes, pero que estaban insertados dentro de unas coordenadas ideológicas y doctrinales determinadas”. “Aunque nos parezca paradójico e inaceptable, el sujeto cree que se salva a si mismo y a los fines y valores que defiende a través de su violencia inusitada”, agrega.

Incluso en el hecho de inmolarse, defiende este especialista, no habría necesariamente detrás una patología mental. “Se puede dar la vida por un ideal sin que exista un trastorno propiamente psiquiátrico”.

Otro punto de vista, que nos hará reflexionar, es el que nos ofrece el psicólogo Rafael Santandreu. Él defiende que aquel que piense que los terroristas que cometieron los actos inhumanos el viernes en París “son mentalmente distintos a nosotros, está equivocado”. Para Santandreu, la única diferencia es que ellos están inmersos “en una dinámica de guerra”. “Los seres humanos, cuando estamos en este contexto violento, somos capaces de hacer esto con absoluta normalidad. ¿Quieres ejemplos claros? Te daré 60 millones de ejemplos, que son los muertos de la Segunda Guerra Mundial”, esgrime.

Incluso defiende –“aunque sé que es difícil de entender”, puntualiza- que nosotros, los occidentales, estamos “tan fanatizados como ellos”. “El Gobierno francés, por ejemplo, ha llevado a cabo una serie de bombardeos, como réplica a los atentados, en los que habrán muerto seguramente muchos inocentes. Y yo me pregunto: ¿están fanatizados los pilotos que han desplegado los ataques? Por supuesto”, agrega. Para él, la cuestión radica en que “nosotros no nos damos cuenta de que también somos unos fanáticos”. “Somos capaces de matar por unos valores patrióticos, lo hemos hecho toda la vida”, remata.

Nosotros no nos damos cuenta de que también somos unos fanáticos

Santandreu asegura que a ojos de un tercero, como podría ser un budista, nuestra respuesta a los ataques está sustentada también en una base de fanatismo. “Y es así porque en la réplica morirán muchos inocentes”.

Para este psicólogo, lo importante es darse cuenta de lo fina que es la línea que separa la violencia de la paz. “En la Segunda Guerra Mundial, una nación que un año antes de la contienda se consideraba a ella misma como pacífica dejó de serlo. Hablo de Alemania. ¡Y era la misma gente, no se habían vuelto locos! Y es más, un año después de la guerra volvieron a ser normales. ¿Hubo una transformación mental? En realidad no. Pasaron de una dinámica de guerra a una de paz. Y esto lo que nos enseña es que entre ambas dinámicas, la de la violencia y la de la concordia, sólo hay una pequeña separación”.

Para Santandreu, la solución está clara, aunque no exenta de muchas dificultades: “Aplicar dinámicas de diálogo incluso cuando los otros utilicen dinámicas de guerra”. “La respuesta violenta de Francia a lo mejor consigue acabar con este brote, pero aparecerán más. Porque tú estás enseñando al otro a utilizar la misma dinámica de la violencia. Si respondemos con violencia, en realidad les estamos dando la razón, y estamos empeorando el problema en lugar de solucionarlo”, señala.

Aunque pueda parecer un planteamiento algo naif, Santandreu cree que “siempre hay que utilizar el diálogo”. “¿Por qué no nos interrogamos a nosotros mismos sobre lo que los demás reclaman y necesitan? ¿Por qué no nos acercamos como seres humanos que somos todos? Actuar violentamente contra ellos es absurdo”, sentencia.

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