Confianza versus Alarma Social

Confianza versus Alarma Social

Confianza versus Alarma Social

Jesús Alcantarilla
Presidente Protecturi y Socio de ADSI

Cuántas veces hemos escuchado o leído que las quiebras que se han sucedido en todo el mundo y el salvamento de entidades financieras aparentemente muy sólidas han creado un estado de alarma y de preocupación en millones de ciudadanos.

En estos últimos meses asistimos a los comunicados de la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre el brote de Ébola en África occidental.

Desde agosto se ha alertado a la población local y a los países cuyos ciudadanos viajan a los focos de la epidemia sobre esta emergencia sanitaria internacional, recomendando medidas excepcionales para detener su transmisión.
Habitualmente se entiende por un estado de alarma, un conjunto de medidas de seguridad destinadas a proporcionar un nivel específico de protección para las personas, la información, las infraestructuras y otros bienes; así como garantizar la capacidad operativa de las organizaciones.

A ningún profesional se le escapa que en cualquier situación de alarma social justificada, se requiere de la adopción de medidas concretas, enfocadas y dimensionadas en función de la naturaleza de la amenaza.

Precisamente, sobre este aspecto radica buena parte de lo que considero debería ser un dialogo horizontal entre los gobiernos, instituciones, empresas, agentes sociales y sociedad civil, etc.

El bombardeo mediático indiscriminado, que muchas ocasiones busca más el impacto dramático de la narración que el rigor de los hechos, puede generar un clima de desconfianza que puede ser un desencadenante de un contexto de difícil manejo.

¿No deberíamos activar parámetros más eficaces enfocados en la resolución y no en la disipación de los conflictos?

Mientras tanto, los portavoces implicados deberían reflexionar sobre sus actuaciones y reacciones. Ya que de ellas se pueden desprender dos escenarios antagónicos: La confianza o la alarma social.

Los efectos de estos escenarios “confianza y alarma” determinan la actuación de los profesionales de la seguridad.

Me pregunto:

• ¿Cuáles serían las medidas básicas y generalizables para fomentar un clima de confianza?
• ¿En qué ámbitos estratégicos, el cortoplacismo o el resultadismo deberían quedar relegados en favor del bien común?
• ¿Cuáles serían los recursos fundamentales para afrontar una situación de crisis en seguridad en cualquiera de sus ámbitos?
• ¿No creéis que la serenidad y la confianza son vitaminas esenciales en la superación de cualquier crisis?
• ¿Cómo consideráis que se debe articular un análisis de una situación de crisis para que prevalezcan las sinergias interprofesionales y se desactive la reactividad corporativista?
• ¿Qué habría que hacer para que la confianza pase de ser un factor táctico a un objetivo estratégico?
• ¿Cómo hacer para que la seguridad sea entendida por los prescriptores como una inversión y no un gasto?

Estas preguntas no son una minuta cerrada, sino un listado a vuela pluma de cuestiones sobre las que considero oportuno y necesario reflexionar.

En esta senda debemos ir de la mano de tantos otros compañeros que sé que diariamente intentan con su práctica generar un bagaje común y útil para todos aquellos que consideramos la seguridad como un factor clave en una sociedad democrática e interconectada, propia de la segunda década del siglo XXI.

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