Introducción al concepto seguridad

seguridad escudo

El concepto seguridad, en el sentido más amplio del término, hace referencia a la ausencia de riesgos o amenazas, tanto en el campo de los asuntos internacionales como en el ámbito individual de las personas físicas. Así pues, la seguridad concierne a Estados, gobiernos e individuos. Es un término que ha sufrido transformaciones y ha tenido distintas concepciones a lo largo de la historia, debido a los cambios políticos, económicos y sociales a nivel global.

Antes del S.XX, la seguridad no era un concepto clave en el pensamiento internacional. Hasta entonces se había entendido únicamente su vertiente de seguridad individual. Según Hobbes, el significado y la medida primordial de la seguridad era la seguridad individual, aunque se había de conferir el poder al Estado, que era quien debía evitar situaciones de inseguridad para las personas.

Ya en el S.XX, sobretodo tras la Primera Guerra Mundial, los Estados incluyeron en su discurso el concepto de seguridad para, según E.H. Carr, intentar transmitir a la sociedad la idea de que los intereses de los grupos dominantes eran los mismos que los del pueblo. Así, el statu quo usó la bandera de la seguridad para “mantener la paz”, cuando en realidad sólo querían mantener su posición privilegiada (según las tesis del realismo de Carr).

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Un cambio importante en la concepción del término seguridad se dio tras la Segunda Guerra Mundial cuando los Estados invocaron la necesidad de preservar la “seguridad nacional”. Esta nueva forma de entender (o de vender) la seguridad era en realidad una vieja idea que venía del S.XVI, del pensamiento de Maquiavelo: la “razón de Estado”, que justificaba las medidas excepcionales que un gobernante podía emprender en pos de la supervivencia del Estado. La Raison d’État había sido poco popular en las democracias del S.XX, pero en países como Estados Unidos se supo maquillar para presentarla como un asunto que afectaba e interesaba directamente a la sociedad civil. La seguridad ya no era un asunto de los gobernantes o de las élites, era un problema nacional.

Durante la Guerra Fría el término seguridad fue apropiado por el bando occidental, mientras que el bloque comunista, bebiendo de la teoría marxista, prefirió hablar de otros términos, como guerra y paz. En los años ochenta, la seguridad se volvió un campo de batalla académica. La ampliación del concepto suscitó diferentes opiniones. Había quienes creían que ampliar el concepto seguridad era positivo (seguridad militar, seguridad económica, seguridad humana, seguridad ambiental…), y por otro lado estaban los autores que consideraban que esta ampliación hacía perder el significado al término y estropeaba su utilidad analítica.

Al acabar la Guerra Fría, los politólogos y académicos dejaron de hablar de tensiones Este-Oeste, pero los bloques no desaparecieron. La dicotomía Este-Oeste cambió a una división Norte-Sur. Bajo esa nueva concepción, podemos confirmar que la mayoría de los conflictos que afectan a la seguridad tienen lugar en países del Sur, y éstos ya no son solo conflictos puramente bélicos. La seguridad nacional ha dejado paso a nuevos términos como seguridad humana (temas de migraciones, refugiados…), seguridad sanitaria (epidemias, enfermedades…) o seguridad ambiental (gestión de residuos, contaminación…).

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Un hito sin precedentes fue el 11 de Septiembre de 2001. El S.XXI comenzó con un duro golpe a la seguridad de Occidente. Los atentados más famosos de la historia dieron paso a un periodo de intensa lucha por la defensa de la seguridad nacional.

La llamada lucha contra el terrorismo se presentó como una lucha por la seguridad mundial, cuando todo parecía apuntar a que era una lucha por la seguridad de Estados Unidos y sus socios. Esta nueva concepción de la seguridad es egoísta y no tiene en cuenta los efectos a largo plazo. Además, en el S.XXI ya no se hace una distinción entre seguridad interna y seguridad externa. Las fronteras entre Estados han desaparecido cuando se trata de preservar la seguridad. La pregunta es: ¿quién se hace cargo de velar por la seguridad del mundo? ¿cuándo consideramos que la seguridad global se está viendo amenazada?

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Seguridad y violencia

La mayoría de las veces relacionamos la violencia con el conflicto armado, con la guerra. Creemos que la seguridad está relacionada únicamente con temas bélicos o militares. Así parecen entenderlo también muchos gobiernos, que dedican más esfuerzos a la lucha contra amenazas lejanas que contra los problemas propios. La guerra contra el terrorismo, las intervenciones en países extranjeros, los sistemas de espionaje global… son acciones que buscan preservar la seguridad de los Estados. Pero existen varios tipos de conflictos que generan inseguridad y ante los que hay que actuar, y no son sólo de tipo bélico-militar.

Los conflictos pueden categorizarse de distintas formas: según el lugar donde se desarrollan, según la naturaleza de los participantes, según el tipo de medios utilizados, según las consecuencias… Aun así, quizás lo más interesante sea recalcar la idea de que no todos los conflictos tienen porqué tener connotaciones negativas. Como dice el profesor Rafael Grasa: “el conflicto es connatural al ser humano y, según cómo se resuelva, puede constituir una de las fuerzas motrices del cambio”.

Como hemos apuntado, la mayoría de las veces entendemos la seguridad y la violencia únicamente en el marco de la guerra y los conflictos armados. Efectivamente este tipo de conflictos son muy importantes. Según la lista del Journal of Peace Research, en el periodo 1946-2009 han tenido lugar 244 conflictos armados, en 151 localizaciones diferentes. En el año 2009, seis conflictos armados alcanzaron el grado de “guerra”, pues se contabilizaron más de 1.000 muertos en ellos. En el periodo 1989-2009 tuvieron lugar un total de 131 conflictos armados, la mayoría en África (41) y Asia (39).

Sin embargo, muchas veces, la violencia no se da únicamente en situaciones de guerra. Tal y como apunta el informe “Chronic violence: toward a new approach to 21st-century violence” del Centro Noruego de Investigación para la Construcción de la Paz (NOREF), el 25% de la población mundial está afectada por la violencia, es decir, vive en situaciones de violencia. ¿Quiere decir esto que el 25% de la población vive en un estado de guerra? No.

Es interesante apuntar que existe la violencia social, una “violencia crónica” en la sociedad actual. Una de las principales causas de esta violencia es la desigualdad socioeconómica, pero no es la única. Los procesos democráticos disyuntivos, el comercio ilegal, los efectos de los medios de comunicación de masas… son también causantes de la violencia crónica. Las principales víctimas se encuentran en los países del Sur (países subdesarrollados o en desarrollo), pero también en el Norte, en países desarrollados, en ciertos grupos sociales como los inmigrantes, los desempleados o la población excluida.

Los efectos negativos de la globalización, como los problemas de gobernabilidad o la desigual acumulación de capitales, también han generado violencia e inseguridad. Esta violencia crónica en las sociedades tiene profundas consecuencias, ya que genera comportamientos sociales negativos. Es más sencillo que una persona marginada entre en la esfera de la violencia, y de allí es muy complicado salir. La violencia en Centroamérica es buen ejemplo de ello: jóvenes que se han criado en un entorno de pobreza y exclusión acaban en grupos de pandillas violentas (las llamadas maras). Esto está directamente relacionado con el tema de la seguridad, porque la violencia genera inseguridad en la sociedad.

Para proteger la seguridad de la sociedad hay que evitar que haya personas que vivan en situaciones de violencia crónica. Únicamente mediante programas de reinserción social y de lucha contra la exclusión se puede combatir este problema. También son importantes los procesos de educación para evitar fenómenos como la xenofobia o para terminar con el silencio de muchos agentes sociales, que prefieren no hablar de la violencia crónica.

Así pues, la seguridad no tiene que ver únicamente con la lucha contra terroristas o con la protección de la supervivencia de un Estado, sino que es un elemento fuertemente instalado en la dimensión social y en la vida cotidiana de muchas personas.

Conclusiones

El concepto de seguridad sirve de manera excepcional para entender la importancia del lenguaje y del uso de los términos a la hora de conseguir objetivos. Sin necesidad de catalogarla como una perversión del lenguaje, sí es cierto que la dulcificada manipulación de los conceptos permite a los gobernantes convencer a la población de que sus intereses coinciden. Ya lo adelantó E.H Carr, y lo podemos observar con ejemplos recientes.

Desde hace un siglo, Estados Unidos iza la bandera de la “seguridad nacional” para justificar sus intervenciones, que han dejado de ser casos puntuales para convertirse en una constante a lo largo de la historia del S.XX y del S.XXI. Según las tesis de los defensores de la seguridad nacional, en casos excepcionales o en estados de emergencia, los gobiernos pueden tomar decisiones extremas ante desafíos radicales, para preservar la seguridad de la nación y de la población. Como decía, la manipulación del lenguaje está dirigida a conseguir los objetivos de quien emite el mensaje. En este caso, los gobernantes intentan convencer a la población de que cierta intervención o acción beneficia los intereses de la población, cuando en realidad beneficia los intereses de los propios gobernantes y de las élites económicas que los rodean. Un dato: el 66% de los estadounidenses apoyaban la intervención en Irak en el año 2003. ¿Por qué? Porque sentían que su seguridad dependía de dicha acción extrema. ¿Por qué lo creían así? Porque así se lo habían dicho. De nuevo, la importancia del lenguaje y del manejo de los conceptos (y del control de los medios de comunicación).

Es interesante apuntar que, mientras en el Norte se habla de seguridad, en los países del Sur se prefiere hablar de paz. Queda claro pues que, en función del grado de desarrollo, los objetivos e intereses cambian. Para un país europeo es más interesante invertir en seguridad, mientras que un país africano preferirá incluir en su discurso una terminología más relacionada con la paz. En función de los intereses, se utilizan unos u otros conceptos.

Hay una indudable relación entre los conceptos paz y seguridad, pero la realidad nos demuestra que uno prevalece sobre el otro. En el mundo actual una de las dos cosas es más importante. No es de extrañar que uno de los órganos más importantes de la ONU, quizás que más poder tiene, sea el Consejo de SEGURIDAD. En la práctica, la paz ha quedado relegada a un segundo plano, y es la seguridad el objetivo que persiguen los Estados. Por supuesto se maquillan y acicalan esos objetivos con la palabra PAZ, que tristemente es un asunto al que se dedican más esfuerzos desde organizaciones no gubernamentales y desde el ámbito académico. En el fondo, los gobiernos siguen teniendo más intereses en la seguridad (y en la industria que le acompaña) que en la paz.

Tan importante como entender la dimensión internacional y estatal del término seguridad es conocer que existe la seguridad de los individuos, y que ésta no tiene que ver únicamente con seguridad física. El derecho a una vivienda o el derecho al trabajo son mecanismos que intentan proteger la seguridad de los individuos. Porque una persona que no tiene trabajo es una persona que no tiene seguridad, es una persona insegura y amenazada. La seguridad va más allá de problemáticas geopolíticas y conflictos bélicos, y es una realidad que está presente en las calles y afecta a las personas. Debemos comprender este tipo de seguridad más social, y librarnos de la concepción puramente estatal, que manipula la palabra seguridad para aprovecharse de un término con el que la gente se siente identificada, pero que finalmente no se utiliza para defender los intereses de la sociedad, sino los intereses de una minoría que parece estar jugando una partida de ajedrez sobre el tablero global, despreocupándose de la inseguridad de las personas.

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