Lobo Solitario…..

Lobo

Un nuevo procedimiento de actividad terrorista ha conseguido alertar los sistemas de seguridad e inteligencia internacional en el ámbito occidental: el «lobo solitario». Sus movimientos aislados, casi siempre incógnitos, la desmedida crueldad de sus acciones y la dificultad de frenar su capacidad destructiva, han generado en los Estado-Nación de Derecho el desarrollo, a veces convulso, a veces polémico, de un entramado de respuestas legales, policiales y de inteligencia que afronta dos obstáculos de relevante importancia: la sociedad ve cuestionada la garantía de sus libertades individuales inherente a su carácter democrático y, en segundo lugar, esa misma sociedad, a veces ignorando el irresoluble poder destructivo de los «lobos solitarios», no alienta la implantación de un sistema operativo de inteligencia y seguridad en su propio territorio.

La deflagración de terror que inicia la probable presencia de un «lobo solitario» dentro de los antaño inviolables márgenes de Occidente, nos acerca el hedor de la guerra y consigue resquebrajar el andamiaje moral de la democracia en lo que, según apuntan algunos analistas (Finney N 2008, Human Terrain Team Handbook ) podría suponer el verdadero propósito operativo de los estrategas terroristas en una primera fase de la guerra de tipo propagandístico e ideológico.

El «lobo solitario»: captación y efectos

Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y hasta el final del siglo xx, la gran mayoría de los atentados terroristas conocidos que se producían en el ámbito de Occidente se basaban normalmente en un esquema «clásico»:

• Una ideología o reivindicación política y/o religiosa «precisa y clara».

• Un grupo organizado, generalmente con una estructura paramilitar.

• Unos terroristas «soldados» que actúan bajo órdenes precisas de su jerarquía y no se sacrifican en el atentado.

En este tipo de atentados, podemos incluir por ejemplo los cometidos por:

• Los grupos de ideología de extrema derecha como el Ku Klux Klan en Estados Unidos (años cincuenta y sesenta).

• Las Brigadas Rojas, de ideología comunistas en Italia (años sesenta).

• Grupos afines al problema palestino en Alemania (años setenta).

• Los grupos relacionados con el IRA en Inglaterra (años setenta a noventa).

• La ETA en España (desde los años setenta hasta el principio del siglo xxi).

Durante la última década del siglo xx empiezan a emerger los primeros atentados globales vinculados al fundamentalismo islámico que afectan directamente a un ámbito de Occidente. Los primeras señales vienen con un primer ataque contra las Torres Gemelas en Nueva York (1993) seguido por el secuestro del vuelo 8969 de Air France en Argelia al final del año 1994 por terroristas del Grupo Islámico Armado. En el año 1998 hubo ataques contra varios objetivos americanos (Kenia, Tanzania) con la firma del grupo Al Qaeda. El mundo entró en el siglo xxi con unos atentados, los del 11 de septiembre del 2001 en Nueva York y Washington, que cambiaron radicalmente la visión tanto de las autoridades de todo el planeta, como la del gran público sobre varios conceptos, entre los cuales figuran el descubrimiento de la existencia de una organización vinculada a una idea fundamentalista global (Al Qaeda) y la existencia de terroristas potenciales «escondidos» dentro de la población de cualquier país, concepto que más adelante se ha definido como «el terrorismo del lobo solitario». La enorme mediatización de estos atentados, que se vieron en directo en casi todo el planeta, provocó una onda de choque que desmembró la confianza que la ciudadanía occidental hacía reposar en sus organismos de seguridad e inteligencia, así como, fundamentalmente, en los poderes legislativos que gestionaron aquella crisis.

Las ciudades afectadas por estos atentados son: Madrid (2004), Ámsterdam (2004), Londres (2005, 2013), Toulouse (2012), París (2015), Bruselas (2014), Copenhague (2015), Boston (2013), etc. Además de atentados frustrados cuyas consecuencias no ha habido que lamentar, pero cuyo inicio fue estremecedor. Al escenario occidental se añaden los perpetrados en el frente propiamente islámico (Marruecos, Egipto, India, Iraq, Australia, Kenia, etc.) todos ellos recrudecidos por su truculenta exposición en los medios de comunicación. Estos «choques» mediáticos repetitivos, generados desde un foco cada vez mayor de países, instauran en la sociedad occidental la realidad de una amenaza difusa, única y global, originada en la visión fundamentalista y salvaje de una religión que se presenta para Occidente como incompatible con el Estado de Derecho, que es el objetivo final de los estrategas terroristas: romper la ligazón deseable y posible entre Occidente y un islam integrador y tolerante.

Este escenario consta de cuatro etapas:

• Primero tenemos un individuo, o un pequeño grupo de individuos, que normalmente han crecido, han sido educados o viven desde hace mucho tiempo en un país occidental. Pueden ser de origen europeo o no.

• La etapa siguiente es una conversión a (o un reencuentro con) la religión islámica evolucionando hasta una versión cada vez más fundamentalista de la misma a través de encuentros y lecturas. Esta segunda etapa (radicalización) es facilitada y promovida por unos grupos organizados (primero Al Qaeda, más recientemente Daesh) que difunden su «marca» (ideología, objetivos, métodos) principalmente vía internet y mediante ciertos predicadores instalados de forma permanente en varios países. Cabe destacar que este último grupo (Dáesh), actualmente el más rico y el más potente, controla perfectamente las técnicas de comunicación modernas, el uso de los medios de comunicación de masas como la televisión, las redes sociales y otros soportes de internet, y emplea una comunicación «agresiva» y de calidad muy profesional con el objetivo de «reclutar» el máximo de seguidores posibles.

A partir de allí, podemos tener dos «subescenarios» posibles: bien el futuro «lobo solitario» que pasa un tiempo en un país de «entrenamiento» (Siria, Afganistán, etc.) o bien simplemente el futuro terrorista que se prepara dentro de su país habitual de residencia tal y como se ha podido ver recientemente en París.

• Tercera etapa: estos dos escenarios llevan al terrorista a la aceptación de realizar un atentado contra el mismo país que le ha acogido o un país muy próximo. Este atentado normalmente se produce contra objetivos fáciles e imposibles de proteger (lugares públicos, personalidades conocidas no protegidas) con el objetivo de conseguir la máxima difusión mediática del mismo y por lo tanto del mensaje (el atentado es también parte del mensaje). Prueba, de paso, la ineficacia de los sistemas de defensa de los países atacados. Normalmente, el «lobo solitario» procede a su propia adaptación de la ideología «madre», creando lo que se podría llamar una «filial» ideológica. Lo cual hace que el mismo defina el objetivo donde atentar, el modus operandi, el entrenamiento necesario y, como se constata cada vez más, las técnicas de comunicación que van a acompañar a los atentados. Su objetivo no es solo difundir el mensaje que él cree correcto, sino hacerlo de manera «superior», «diferente» a los que lo han precedido. Trata de probar ante el gran público, y ante los seguidores de su ideología su superioridad intelectual y que «su» atentado se convierta en un «mito». Su entrega absoluta a su misión hace que no sea ningún problema para él morir en el intento (mártir). Se puede apuntar que esta necesidad de reconocimiento demuestra a nivel psicológico una personalidad con baja autoestima (información importante para la instauración de respuesta de tipo educativa).

• Cuarta etapa: finalmente, y de manera sistemática, el grupo que gestiona la ideología «madre» (Dáesh, por ejemplo), a pesar de solo haber aportado principalmente un sostén ideológico (a veces organizativo, casi nunca logístico excepto en los casos de «entrenamiento»), reivindica la autoría del atentado por vía de sus canales de comunicación. De una cierta manera, se puede decir que se aprovechan del «lobo solitario» que trabaja «gratis» para él, lo cual demuestra una gestión muy eficaz por parte de estos grupos del poder de la comunicación. Esta autoría es luego retransmitida por todos los medios habituales que cubren los atentados en los países occidentales, conformando así de nuevo la idea de una amenaza «única» aunque difusa.

Las respuestas

Ante tal situación las autoridades de los países afectados y sus aliados han organizado una respuesta en varios niveles. Estas respuestas ofrecen una faceta «pública» y otra faceta más «oscura»: el catálogo abarca desde los evidentes objetivos en seguridad e inteligencia, hasta otros derivados pero necesarios: económicos, políticos, geopolíticos, militares, geoestratégicos, energéticos, etc.

Sin embargo, el gran número de países involucrados con intereses a veces opuestos, la intervención de varias organizaciones internacionales tanto en el terreno legal como organizativo, policial y militar (ONU, OTAN, EU, Interpol, Europol, Liga Árabe…), la dimensión global de la amenaza, su carácter «nuevo» y su faceta religiosa complican aún más el problema. La respuesta de los países occidentales era más bien «discreta», con el uso probable y combinado de fuerzas especiales a nivel militar, servicios de inteligencias diversos y asociaciones varias con algunos países «lejanos», pero el impacto global de los atentados del 11-S hizo que la amplitud de estas respuestas creciera de manera exponencial y saltó a un nivel mucho más visible. Empezaron a tomarse medidas que conciernen directamente a los ciudadanos de los países occidentales:

• La primera de estas respuestas fue militar. Con, y por primera vez en la historia, una declaración oficial de «guerra» entre un país (Estados Unidos) y sus aliados contra un grupo ideológico (Al Qaeda). Y la implicación de la inmensa maquinaria militar estadounidense primero en Afganistán, luego en Iraq. Con resultados diversos, como se ha visto. Se puede constatar que, catorce años después, la respuesta militar sigue vigente en varios teatros del planeta, por ejemplo: coalición internacional contra Dáesh en Siria y en Iraq, intervención directa de Francia en Mali, utilización de drones americanos en varios países (Yemen, Afganistán, etc.)…

La consecuencia de la faceta militar es doble: humana en primer nivel, especialmente en Estados Unidos, donde se procedió a un reclutamiento de un personal «no profesional», lo cual ocasionó que las pérdidas humanas hayan tenido un impacto aún mayor en este país. La segunda consecuencia es financiera, con el coste inmenso de estas intervenciones que debe ser asumido por todos los países intervinientes.

• La segunda respuesta es de carácter legal. Asistimos en todo los países afectados a la creación de leyes «especiales», «antiterroristas», que presentan un carácter más o menos controvertido.

Empezó Estados Unidos con la creación del Patriot Act (2001). Esta ley, votada por una abrumadora mayoría de las asambleas (Senado, Cámara de Representantes) estadounidenses aumentó de manera considerable el poder de diversas agencias de seguridad. Pero también condujo a una reducción a veces importante de las garantías constitucionales de los ciudadanos tanto estadounidenses como extranjeros, creando por ejemplo el estatus de «combatiente ilegal» y abriendo la puerta a derivas que han sido ya estudiadas por diversas instituciones como lo son los casos de Guantánamo y de los vuelos ilegales de la CIA en territorio europeo.

En mayo del 2015, se aprueba por la Cámara Baja del Parlamento canadiense una controvertida ley antiterrorista que amplía los poderes de los servicios de inteligencia del país para actuar contra presuntos grupos terroristas y tipifica como delito alentar ataques terroristas.

En el mismo mes que los canadienses, los diputados franceses aprobaron un controvertido proyecto de ley sobre los servicios de información, defendido por el gobierno en nombre de la lucha contra el terrorismo, pero muy criticado por el riesgo de una «vigilancia masiva».

Estas leyes comportan también un aspecto financiero (lucha contra la financiación del terrorismo) así como varios aspectos relacionados con el problema terrorista, aspectos que dependen de cada país (por ejemplo, la indemnización de las víctimas del terrorismo).

En la misma línea, varios países adoptaron y/o están en proceso de adopción de leyes similares.

Por ejemplo:

• Inglaterra: Prevention of Terrorism Act (2005).

• Alemania: ley de lucha contra el terrorismo (2002, 2003, 2007…).

• Bélgica: Belgium Anti-Terrorism Act (2003), nueva ley en preparación.

• Países Bajos: Security Service Act (2002), nueva ley en preparación.

• Francia: 14 leyes antiterroristas desde 1986, nueva ley sobre antiterrorismo e inteligencia (2015).

• Canadá: (2015) ampliación de los poderes de los servicios de inteligencia por dos ataques sucedidos a finales de 2014 en Ottawa y Montreal.

• España: «cuarto acuerdo antiterrorista» (2015), etc. Estas leyes, de manera general, incrementan los poderes de los diversos actores de seguridad en los países afectados reduciendo el control jurídico existente, o a menudo sin hacerlo. La combinación de estas leyes con los avances tecnológicos existentes abren también la puerta a una justificación «legal» de la vigilancia de masas de cualquier ciudadano «por defecto» (bien conocido es ahora el ejemplo de la NSA estadounidense, pero se sabe que más o menos es una constante en todos los países que disponen de un control avanzado de la tecnología).

Existe otra respuesta sobre la cual se dispone de poca información pública: es la respuesta financiera (lucha contra los paraísos fiscales, etc.), con el objetivo de cortar la financiación del terrorismo. Hay un sólido esfuerzo en esta tarea, pero cuando se ve con qué facilidad, por ejemplo, se financia el grupo Dáesh (con una estimación de recursos de tres millones de dólares diarios), está claro que este aspecto de la lucha antiterrorista está aún lejos de ser completamente efectivo.

• Finalmente, existe una posible respuesta suplementaria, que aún pocos países emplean al parecer. Es la respuesta educativa y de comunicación. Por ejemplo, Francia ha empezado a desarrollar parcialmente esta respuesta vía una web especializada (http://www.stop-djihadisme. gouv.fr/) y un número gratis de teléfono de ayuda. Desmontar los mitos, aprender las diferencias, educar sobre las diferentes religiones en las escuelas y en los medios de comunicación es sin duda el camino más útil para reducir el efecto de radicalización y contrarrestar los efectos de la propaganda efectuada (muy efectiva como vimos antes) por ciertos grupos.

Conclusión

Occidente es testigo de cómo la guerra ha dejado de librarse en remotos frentes y el dolor, la desesperación y la angustia inherentes al combate, se sufren dentro de sus fronteras. La nueva guerra, desarrollada mediante el aparato cruel del terrorismo, no distingue entre sus actores militares o civiles ni tampoco entre sus víctimas. Es la consecuencia de la asimetría de los conflictos actuales, que convierten cualquier población, cualquier persona, en campo de batalla.

Dentro de esta asimetría global el fundamentalismo religioso de tipo islamista ha encontrado un arma incógnita, silenciosa y productora de un terror cercano a la histeria: el «lobo solitario». Desarraigado en su país de nacimiento, no reconocido en la cultura donde vive pero muy lejos también de la realidad (a veces dramática) del país del que sus ancestros emigraron, el «lobo» se va contaminando de una visión rupturista y fanática de la religión y asume como enemigo a cualquiera que no entienda el mundo como en su enloquecida versión. Solo se entrena, solo se construye una martirología a partir casi siempre de redes sociales, solo monta las piezas necesarias para alcanzar el ansiado fin (personales, materiales, armamentísticas, etc.) y, por último, solo perpetra los atentados que lo convierten en mártir y asesino, para enorme entusiasmo de los estrategas del islamismo radical.

Occidente plantea su lucha contra el «lobo solitario» en tres frentes, complementarios y convergentes: el militar, el logístico-financiero y el educativo, que combaten directamente contra el terrorista y su estructura operativa una vez que este está confirmado y en disposición de actuar. A la vez, se desarrolla un cuarto frente que afecta al vivero potencial de donde se nutre el terrorismo del «lobo solitario»: la propia sociedad occidental. El cuarto frente diseña una arquitectura legislativa que refuerza el poder de los organismos de seguridad e inteligencia y ello tiene una consecuencia cuyo cariz puede tornarse ciertamente grave: la vulneración de las garantías democráticas. Acciones como el control de la salida de los ciudadanos o la supervisión de las redes de telecomunicación de carácter particular, están volcando la balanza del equilibrio entre seguridad-libertad que provoca una desafección de la ciudadanía con respecto a sus representantes.

 

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