Vigilancia extendida: inteligencia para el transporte de mercancías y personas

 

Cuando hablamos de servicios de vigilancia, es de vital importancia poseer el volumen máximo de información disponible sobre los riesgos y amenazas que afectan a aquel objeto que deseamos defender –marca/reputación, inmuebles, personas, etc.-, para de este modo, aumentar la capacidad de éxito ante tal tarea.

Cuando una empresa decide incluir una cláusula en el contrato que firma con sus proveedores de servicios de seguridad privada, según la cual puede establecer sanciones si se publican noticias negativas sobre ellos, es el momento de aceptar que la información es el principal activo –a proteger, generar y explotar-  de nuestros tiempos.

Por tanto, cuando hablamos de servicios de vigilancia, es de vital importancia poseer el volumen máximo de información disponible sobre los riesgos y amenazas que afectan a aquel objeto que deseamos defender –marca/reputación, inmuebles, personas, etc.-, para de este modo aumentar la capacidad de éxito ante tal tarea. Esto es cierto desde el inicio histórico de las labores de vigilancia: siempre ha sido necesario entender el contexto en el que se desarrolla nuestra actividad de defensa, por muchas capacidades materiales que se tengan a disposición en un momento dado.

Es la información, y no solo el número de vigilantes o la frecuencia de las rondas de control, el elemento que ofrece un valor añadido de alto impacto en las tareas de vigilancia, que potencia sus capacidades y que permite prever obstáculos en el camino.

Hoy en día, la vigilancia tradicional –ejecutada de manera física en el espacio a proteger, apoyada en un despliegue de medios técnicos y regulada en términos de quién y cómo puede ejercerse- sigue manteniendo su estatus de servicio imprescindible en la mayor parte de los ámbitos económicos. Ello es incluso más evidente cuando se pone en relación con entornos en los que los ‘objetos’ a proteger son personas, pero no es menos cierto que ha alcanzado un grado de madurez tal que solo puede evolucionar apoyándose en productos anexos.

La prestación de servicios de vigilancia en el sector del transporte está absolutamente ligada a la defensa de la integridad de las personas, ya actúen como empleados de las compañías o como usuarios de los servicios de éstas. Y este sector, precisamente por dicho elemento, cuenta con la ventaja de una gran cantidad de información acumulada en fuentes abiertas, que puede utilizarse para mejorar la eficiencia de la protección que necesita. Por ejemplo, las empresas que prestan servicios de seguridad privada en instalaciones de compañías de transporte, pueden aprovechar esta sobreabundancia de información –convenientemente tratada, procesada y analizada- para ejercer sus funciones de mejor manera.

La información tratada con el fin de comprender mejor un fenómeno dado es lo que llamamos inteligencia. Esta herramienta, unida a las tradicionales de vigilancia, aporta a esta última su carácter proactivo, prospectivo y extendido.

Transporte de mercancías

La vigilancia extendida se aplica, cuando hablamos de transporte de mercancías, sobre todas las fases que requiere el desempeño de esta actividad: recepción, almacenaje, salida, transporte, etc. En cada caso es necesario determinar qué objetivos deben cubrirse a partir de las tareas de inteligencia, pues no es lo mismo estudiar la forma en que puede mejorarse la seguridad de un almacén, qué pensar sobre cómo evitar que un transportista sufra incidentes de seguridad mientras se encuentra en movimiento.

Este último caso, ya que el foco de este texto está puesto sobre las personas, se trata habitualmente en las Unidades de Inteligencia que prestan servicios a empresas del sector. Se suele intentar en estas ocasiones atajar las complicaciones asociadas a un trabajo que depende fuertemente de la tecnología –automoción, posicionamiento-, pero que se ve afectada habitualmente por elementos naturales como las inclemencias meteorológicas o por amenazas tradicionales como las movilizaciones civiles, los conflictos laborales o incluso por derivadas geopolíticas.

Por tanto, es necesario que, si se pretende abordar una mejora de la seguridad a partir de lo que aquí estamos llamado vigilancia extendida, se haga atendiendo a la amplitud de amenazas relevantes.

Transporte de pasajeros

Las compañías de transporte de pasajeros tratan, mensualmente, con aproximadamente una decena de millones de individuos a las que deben proporcionar un servicio seguro e, idealmente, cómodo: hasta julio de 2017, algo más de 364 millones de personas habían confiado en las empresas de este sector para trasladarse de un punto a otro. El dato es un 3,7% mayor que el mismo tomado un año antes, lo que apunta a una tendencia ascendente.

Estos números tan elevados suponen un reto de grandes proporciones, cuando se trata de minimizar las situaciones en las que la seguridad de las personas –pasajeros, pero también empleados- puede verse comprometida. Por ejemplo, el transporte ferroviario movió a 472 millones de personas en 2016, lo que da una buena idea de la magnitud de la responsabilidad de proteger de estos operadores.

Movidos por esta situación, los actores del sector de transportes de pasajeros se dotan del mayor número de herramientas a su alcance para mejorar la confiabilidad de sus servicios. Tradicionalmente, los vigilantes de seguridad han sido el complemento perfecto a las fuerzas policiales para cubrir, no sólo los vehículos de pasajeros, sino también las infraestructuras que permiten de facto el traslado del punto A al punto B: estaciones, apeaderos, paradas, kilómetros de vías ferroviarias, puertos marítimos, cocheras, etc.

Sin embargo, en el mundo que caracterizábamos anteriormente, el del siglo XXI, ha de tenerse en cuenta que la información –convertida en inteligencia- permite mejorar la eficiencia de los vigilantes, sus jefes de equipo y los responsables de seguridad de las empresas clientes y concesionarias.

Por ejemplo, la inteligencia puede utilizarse para establecer patrones de actuación de pasajeros, estudiando situaciones complejas pasadas y sus efectos y previendo cuándo y cómo pueden reproducirse. Se puede también examinar la naturaleza y comportamiento de amenazas (activismo, hacktivismo, terrorismo, movilizaciones sociales no enfocadas, aumentos coyunturales del número de usuarios, etc.), para, en superioridad informativa, tomar decisiones con el menor umbral de incertidumbre posible. De este modo, un consumidor de inteligencia se prepara para actuar de la manera más eficiente cuando, inevitablemente, surja la próxima crisis.

En definitiva, un sector como el del transporte de bienes y personas no puede no aprovechar las ventajas que otorga el análisis de información –la inteligencia- a la hora de proteger sus activos. Si el valor de las mercancías transportadas es apabullante, el de las personas es incalculable.

Por tanto, se hace más necesario que nunca estar preparado ante lo que viene, especialmente en el marco de un contexto de amenazas muy volátil e, insisto, de facilidad de obtención –no tanto de tratamiento- de la información necesaria. El futuro no es un horizonte temporal que pueda cruzarse, o un punto al que llegar, sino un escenario que se construye mediante las acciones implementadas en el presente: pensando a medio y largo plazo pueden establecerse medidas que sea necesario adoptar, descubrirse problemas que pueden surgir y plantear opciones para influir sobre el estado de la situación futura de forma temprana.

 

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